NOTA DE OPINION
— Por Edder Muñoz Centeno
Desde el exilio
Desde sus primeros pasos, el sandinismo fue presentado como la encarnación de la justicia social, la soberanía y la dignidad nacional. Sin embargo, detrás de ese discurso heroico se escondía un proyecto de poder profundamente manipulador. Los ideales que proclamaba no eran el fin, sino el instrumento para dominar. La historia lo ha demostrado una y otra vez: el sandinismo no fue traicionado, fue corrupto desde su origen.

La llamada revolución popular no liberó al pueblo, lo subordinó a una nueva élite política. Quienes prometieron igualdad instauraron privilegios; quienes hablaron de libertad levantaron cárceles; quienes invocaron el nombre del pueblo se apropiaron de su voz. Desde entonces, Nicaragua ha vivido bajo la sombra de un poder que se alimenta de la mentira y del miedo.
El actual régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo no es una deformación del sandinismo, sino su consecuencia lógica. Ambos han perfeccionado las viejas prácticas: el control absoluto de las instituciones, la persecución a la disidencia, la manipulación religiosa y el uso del dolor como método de gobierno. Han convertido el Estado en un botín familiar, la justicia en instrumento de venganza y la fe del pueblo en espectáculo de sumisión.
Pero lo que no han podido destruir es la conciencia ni la memoria. En cada periodista que sigue informando pese al exilio, en cada madre que aún exige saber dónde está su hijo, en cada joven que no se resigna a callar, vive el verdadero espíritu de resistencia. Esa fuerza silenciosa y persistente es la que mantiene a Nicaragua en pie.
Mientras tanto, gran parte del mundo observa con una mezcla de indiferencia y cansancio. Se habla de Nicaragua solo cuando hay represión visible o cuando un nuevo exiliado logra contar su historia. Pero la dictadura continúa, firme y calculada, esperando que el silencio internacional se convierta en complicidad. Es hora de comprender que lo que ocurre en Nicaragua no es un asunto interno: es una herida abierta en el cuerpo de América Latina, una advertencia sobre cómo el autoritarismo puede disfrazarse de revolución y corromper incluso las causas más nobles.

Aun así, la historia enseña que ningún régimen basado en el miedo es eterno. Las mentiras se desgastan, las máscaras caen, y la memoria colectiva termina reclamando justicia. El sandinismo podrá seguir usando la palabra “revolución”, pero hace tiempo que dejó de representar al pueblo. Hoy, quienes verdaderamente encarnan el espíritu de libertad son los que resisten, dentro o fuera del país, sin renunciar a la verdad.
Nicaragua sigue siendo una tierra herida, pero también una nación que no se rinde. Porque por más que intenten borrar su voz, la historia volverá a escribirse con las manos de aquellos que nunca dejaron de creer que la dignidad vale más que el miedo.

